Kobe

Kobe

El 21 de marzo de 2015, Steve Nash anunciaba en The Players Tribune que dejaba la práctica activa del baloncesto con un título que hoy suena macabro: «Life after basketball». La vida después del baloncesto.

Cuando la Mamba se retiró, dedicó una carta al baloncesto que titulaba «Querido baloncesto» admitiendo que la primera vez que enrolló unos calcetines y empezó a lanzar tiros imaginarios se enamoró del juego. Lo mismo nos pasó a nosotros con él. Desde la primera vez que le vimos con ese 8 a la espalda de una camiseta dorada nos enamoramos profundamente de él. De su magia. De su determinación. De su mentalidad.

Son las líneas más complicadas que jamás escribimos cuando hace una hora se escucharon unas palabras que uno no esperaba escuchar hasta dentro de 40 años: «Ha muerto Kobe».

No podía ser. Era cierto.

Podríamos hablar de la retirada de Michael Jordan como una gran depresión deportiva en la NBA, una ley seca en la que Kobe fue, de la nada, un bar abierto las 24 horas que te guiñaba un ojo y te daba algo de vida. Kobe era magia, era lo que siempre quiso ser cualquiera que se calzara unas zapatillas de baloncesto. Y lo dice alguien que todavía se calza las que Kobe comercializó saltando un Aston Martin.

Siempre sentí devoción por Kobe Bryant. Cuando era muy niño recuerdo que mi prima mayor le trajo a su hermana una camiseta de Alemania. De los Lakers, de un tal Bryant y la receptora empezó a gritar. Fue la primera vez que leí ese nombre y no entendí lo que era.

Si hubiera crecido con un League Pass como existe ahora quizás sería más de Michael Jordan que de nadie pero crecí teniendo que trasnochar mucho para ver -relativamente poca- NBA después de la retirada del personaje de Space Jam. Por eso soy de Kobe.

Era elegante. Era letal. Capaz de hacer 81 puntos en un partido sin prórroga, capaz de anotar más que todo un equipo junto, capaz de meter tres triples ganadores ante los Raptors para ganar un partido y capaz de promediar 35 puntos por partido cuando no era el pan nuestro de cada día que cualquiera hiciera 40 una noche.

La puta casualidad ha querido que esto llegue solo unos días después de cumplir años la hazaña ante los Raptors, la noche de los 81.

Siempre quisimos ser Kobe y todo homenaje que la NBA idee será poco para él. Tercer máximo anotador de la historia a su retirada, ha fallecido horas después de ser superado por LeBron James que ayer jugó -por si superaba a Kobe- con un mensaje que rezaba «Kobe 4 Life» en sus zapatillas como homenaje al mito. A la Mamba.

Los más jóvenes no recordarán al mejor Kobe, quizás alguno recordarán de pasadas su heroica 2013-14 que, cosas de la vida, fue el inicio de su debacle física. Porque como Aquiles, solo el Tendón pudo frenar al mayor talento que yo haya visto jamás en una pista de baloncesto. Talento puro.

Y aún y todo, con sus gravísimas lesiones que le quitaron no pocos puntos, era el tercer máximo anotador cuando pronunció la ya mítica frase de «Mamba Out». Esa noche se despidió de la NBA contra los Utah Jazz con una nueva heroicidad, 60 puntos en una pista que lucía un 8 a un lado y un 24 al otro. Sus dos dígitos.

Los dos, eso sí, retirados. Con un 99% de probabilidades de Hall of Fame en ambos casos, Kobe nos deja con 41 años y sin poder pasar por ese paseo de las estrellas, ascendiendo directamente al olimpo. Se nos va un mito.

My heart can take the pounding
My mind can handle the grind
But my body knows it’s time to say goodbye.

Gracias por tanto, Kobe.

El baloncesto te quiere. 

PS: Se va hasta con un Oscar. Una leyenda.