El día de la marmota de Ricky Rubio

El día de la marmota de Ricky Rubio

Siempre quise ser Ricky Rubio, siempre. Mi primer ídolo en la NBA fue un base canadiense que jugaba con el 13 en la espalda, me asomé de verdad a la liga cuando Pau Gasol comenzó a hacer las américas pero aunque admiro profundamente al mayor de los Gasol como persona y como jugador -y a Marc, quizás un poco más- nadie me genera la misma sensación que el de El Masnou.

¿Por qué tienes esa fijación con los de tu edad? Me preguntan. «No lo sé», respondo. Cuando Ricky debutó en la ACB yo estaba en 4º de la ESO, como él. Cuando se colgó la plata olímpica yo estaba disfrutando el verano de mi vida, el de la mayoría de edad. Y así sucesivamente.

Llegó a la NBA con muchas expectativas después de haber ido de más a menos en su carrera europea y, a pesar de aquello, fue un filón para los Twolves desde el primer día. Su química con Kevin Love fue una maravilla pero la que tenía con Pekovic -os acordáis de él- o con Dieng eran de las que me maravillaba. Ricky tenía algo. Carisma. Aura. Magia.

Se rompió la rodilla. Luego el tobillo. Después, la puta vida

Y sin embargo, se rehizo. Fue MVP de un Mundial que España ganó una década después en el mismo pabellón donde nos robaron el oro olímpico en 2008 y lo consiguió  después de haber vuelto a -hacer- disfrutar en un pabellón con los Utah Jazz. Dejó atrás la eterna -e infructuosa- reconstrucción de los Minnesota Timberwolves para llegar a unos Jazz que habían visto cómo la pieza clave de proyecto -Hayward- les había dicho adiós, muy buenas en la postemporada después de dar mucha guerra en el Oeste. Llegó Spidad Mitchell y la química entre Ricky y él se veía, se notaba. Brillaban.

 

Ricky comenzó a ser su mejor versión con 27-28 años, la versión que siempre quisimos y esperamos de él. Y lo hizo a pesar de los golpes de la vida…y de la NBA. Aprendió rápido el oficio de la mejor liga de baloncesto del mundo de que quien no rendía, tenía un cartel de transferible en la frente cada noche. Como si no tuviera suficiente con la vida.

Reconozco que no soy objetivo con Ricky Rubio y nunca lo he sido porque tampoco lo he intentado. Admito que tuvo sus años malos en los Timberwolves, que no llegó a ser la superestrella mundial que apuntaba cuando todavía no teníamos barba pero los giros que ha dado su carrera en la NBA me hacen creer que es un jugador infravalorado. Tremendamente, además.

Los Timberwolves se cansaron de esperarle y le mandaron a Utah a cambio de una primera ronda. Dos años después, en Salt Lake City habían visto a su equipo en PO y los Wolves, a pesar de tener a Karl-Anthony Towns y a Jimmy Butler una temporada, solo se conformaron con un octavo puesto del Oeste. Se fue a Phoenix y el equipo mejoró lo cual habla de la magnitud que Ricky adquiere cuando se siente importante. Utah y Phoenix le dieron las llaves de su pizarra y ambos equipos rindieron por encima -muy por encima en el caso de los primeros- en los últimos tres años.

Recordad que los Jazz habían perdido a Hayward y que poca gente esperaba que ese 45 fuera tan extremadamente bueno. Ricky tuvo alguna culpa de ello. No mete 20 puntos, no llegará al top 3 de máximos asistentes de la historia pero es un pedazo de jugador que, como CP3, hace mejores a sus compañeros. No sabemos qué le deparará el futuro y espero que esté lejos de unos Thunder que, por primera vez en su historia casi, están en fase de reconstrucción y abrazan un Proceso a la sureña.

Si Ricky continúa en Oklahoma City, habrá un fan más de la franquicia de los tres MVPS -Durant, Westbrook y Harden (con Houston)- y si consiguen traspasarle, acabará en un contender porque es un base ideal que, sin ir más lejos, habría sido importante en los Sixers del año pasado donde solo Raúl Neto acabó como base puro.

Hace un año, Rubio recibía de manos de Kobe Bryant el MVP del Mundial. Piénsalo. Solo ha pasado un año de aquella foto, es tremendo. En los últimos tres años, Minnesota le ha apartado para dar un paso al frente -que no dio-. Los Jazz, tres cuartas partes de lo mismo y ahora los Suns, después de su brillante 8-0 en la burbuja y cuando parece que van a ser candidatos al PO del Oeste por primera vez en una década, se saltan parte del proceso desprendiéndose de él y de Oubre. Hace falta ser muy fuerte mentalmente para aguantarlo todo. Lo es.

¿Por qué eres de Ricky? No lo sé. Me ganó hace muchos años pero en 2016 me lo presentaron y con una sonrisa me dijo: «Hola, soy Ricky» como si no le conociera. Se merece más. Mucho más.